han gozado los gauchos de un grado tal de libertad individual, desconocido quizás en !os demás pueblos del mundo. Esparcidos a largas distancias sobre llanuras inmensas, apenas percibían las trabas de una magistratura local, y se oponían abiertamente a la autoridad del virrey, siempre que intentaban coartarles su libertad. En un estado tan atrasado de civilización, conservaban más rasgos nobles del carácter español en el tiempo de la grandeza de la monarquía, que se encuentran en la madre patria o en cualquier otro punto de sus antiguas colonias.
Herederos de la sobriedad de sus mayores, y teniendo en abundancia más de lo preciso para llenar sus necesidades, pasan sus días en festiva holganza, o vagan por sus inmensos campos en busca de ocupaciones o placeres. De esto resulta que la deshonestidad es rara y los robos desconocidos. Es cierto que se han cometido robos y asesinatos durante el período de las cuestiones civiles, pero perpetradores de ellos eran desertores del ejército y pocas veces o nunca gauchos o naturales de las pampas.
EL GAUCHO (1817) - Samuel Haigh
He mencionado a los habitantes de la Pampa que se llaman gauchos. No existe ser más franco, libre e independiente que el gaucho. Usa poncho (tejido por mujeres) que es del tamaño y forma de una frazada pequeña, con una abertura en el centro para pasar la cabeza; por consiguiente sirve para preservar del viento y la lluvia y deja los brazos en completa libertad. El poncho, en su origen, es prenda india; se hace generalmente de lana y es bellamente entretejido con colores; a veces se usa colgando de los hombros, otras como chiripá, liado, y siempre como frazada para la noche.
La chaqueta del gaucho es de paño ordinario, bayeta o pana; los calzones, abiertos en las rodillas, son de la misma tela; la parte delantera de la chaqueta y los calzones a la altura de las rodillas, generalmente se adornan con profusión de botoncitos de plata o filigrana. Sus espuelas son de plata o hierro, sobre botas de potro, con enormes rodajas y agudas puntas; sombrero pajizo y pañuelo de algodón atado alrededor de la cara, completan el traje.
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Su montura es simple armazón de madera retobado con cuero y se llama recado; tiene forma de silla militar y se cubre con pellones y piel de carnero teñida; no se estilan hebillas para asegurar la montura, siendo la cincha, de delgadas tiras de cuero, adherida a una argolla de hierro o madera que se une, mediante un correón, a otra argolla más chica cosida en la silla. El estribo es de madera o plata, el primero es solamente bastante grande para dar cabida al dedo grande del pie, pero la mejor gente siempre usa el segundo (el estribo de plata) que es mayor. El freno es como el de los mamelucos, con barbada de hierro, duro y áspero.
La montura es la cama del gaucho, y así se asegura alojamiento dondequiera que lo tome la noche. Siempre lleva lazo y boleadoras, que arroja con admirable precisión al pescuezo o a las patas de un animal, y al instante lo detiene. De este modo la gama y el avestruz (más veloces que los caballos) son generalmente cazados. Algunas veces la fuerza de las bolas quiebra las patas de la víctima. Un gran cuchillo de catorce pulgadas de largo, atravesado al tirador o en la bota, |
| completa el equipo gauchesco. Y así, sencillamente armado y montado en su buen caballo, es señor de todo lo que mira. El jaguar o el puma, el potro o el toro bravío, la gama y el avestruz, lo temen lo mismo. No tiene amo, no labra el suelo, difícilmente sabe lo que significa gobierno; en toda su vida quizá no haya visitado una ciudad, y tiene tanta idea de una montaña o del mar como su vecina subterránea, la vizcacha. |
Algunos gauchos jóvenes me han dicho que eran a veces desgraciados "por amor", pero cuando llegan a los años de discreción, nunca se les oye proferir queja contra su destino. En efecto, constituyen una raza con menos necesidades y aspiraciones que cualquiera de las que yo he encontrado. Sencillas, no salvajes, son las vidas de esta "gente que no suspira", de las llanuras. Nada puede dar, al que lo contempla, idea más noble de independencia que un gaucho a caballo; cabeza erguida, aire resuelto y grácil, los rápidos movimientos de su bien adiestrado caballo, todo contribuye a dar el retrato del bello ideal de la libertad. Su rancho es pequeño y cuadrado, con pocos postes de sostén y varillas de mimbre entretejidas, revocadas con barro y a veces solamente protegido por cueros.
El techo de paja o junco, con un agujero en el centro para dar escape al humo; pocos trozos de madera o cráneos de caballo sirven de asiento; una mesita de diez y ocho pulgadas de altura para jugar a los naipes, un crucifijo colgado a la pared y a veces una imagen de San Antonio o algún otro santo patrono, son los adornos de su morada. Pieles de carnero para que se acuesten las mujeres y niños y un fueguito en el centro, son sus únicos lujos; el gaucho en su casa siempre duerme o juega; raramente pasamos por un rancho donde estuviesen reunidos; pero este pasatiempo era para ser presenciado; y ocasionalmente, un fraile con hábito sucio se veía tan serio en la partida de juego como los demás.
Si el tiempo está lluvioso, la familia y los visitantes, perros, lechones y gallinas, se juntan dentro del rancho en promiscuidad; y cuando el humo de leña mojada generalmente llena la mitad del rancho, las figuras, en esta atmósfera opaca, semejan los fantasmas sombríos de Osián. Pocos frutales a veces se encuentran cerca del rancho. Las mujeres gauchas se visten con camisas de algodón burdo, enaguas de bayeta o picote azul, que dejan descubiertos los brazos y el cuello.
Cuando salen a caballo, usan chales de bayeta de color vivo y sombreros masculinos de paja o lana. Se sientan de lado a caballo y son tan buenos jinetes como los otros. Las mujeres se ocupan de cultivar un poco de maíz que les sirve de pan; también cosechan sandías y cebollas y tejen bayetas y ponchos ordinarios. El uso del tabaco es común en ambos sexos: lo consumen en forma de cigarrillos con tabaco envuelto en papel o chala. Sus útiles de cocina son generalmente de barro cocido y sus platos de madera. He visto en uno de estos ranchos míseros, una fuente de plata, pero tan negra de suciedad, que fue necesario rascarla con el cuchillo para cerciorarse de su calidad.
En tiempo de los españoles era más difícil conseguir hierro que plata, por no haber minas de hierro beneficiadas en Sudamérica. Sin embargo, desde la Revolución, tantas partidas de montoneros diferentes han saqueado a los habitantes pampeanos, que los mencionados valiosos utensilios han desaparecido casi totalmente de entre ellos. Los gauchos son muy aficionados al aguardiente de uva; pero rara vez caen en aquel estado de ebriedad tan común entre las clases más pobres de Inglaterra.
GAUCHOS (1819) - Emeric Essex Vidal
Todos los paisanos son llamados gauchos por los habitantes de Buenos Aires, término derivado seguramente de la misma raíz que nuestras antiguas palabras inglesas gawk y gawkey, usadas para expresar las maneras torpes y toscas de estos rústicos.
... Apenas las criaturas tienen una semana, cuando el padre o hermano lo toman en brazos y monta a caballo, llevándolo con él por el campo hasta que empieza a llorar; entonces lo llevan a la madre para que lo amamante. Estas excursiones se repiten con mucha frecuencia hasta que el niño es capaz de montar por sí solo los viejos caballos mansos. De esta manera se le cría, y como no se le somete a ninguna clase de sujeción; como no ve más que lagos, ríos y llanuras desiertas, y de cuando en cuando algunos vagabundos desnudos que persiguen a las bestias salvajes y a los toros, llega a identificarse a la misma clase de vida y a la independencia; no conoce ni regla ni medida de nada; la compañía de sus semejantes le desagrada, sobre todo si no los conoce, y es completamente ajeno al recato, la decencia, el amor a la patria y las conveniencias de la vida. Acostumbrado desde la infancia a la matanza de animales, no le da importancia el matar un hombre, haciéndolo a menudo, aun sin ningún motivo, pero siempre fríamente, sin encolerizarse; porque esa pasión de la cólera es desconocida en los desiertos, donde tan pocas ocasiones se presentan de sentirla.
Por lo general, estos pastores son robustos y sanos, especialmente los mestizos, o sea los hijos de españoles e indios. Nunca se les oye exhalar ni la más mínima queja cuando están enfermos, ni aun cuando sufren los más horribles dolores. No sienten apego por la vida, y la muerte les es completamente indiferente. "Los he visto ir a la muerte -dice Azara- con la mayor tranquilidad, sin el menor signo de emoción. He visto otros que, en el momento de recibir una herida mortal, no han lanzado ni un quejido, diciendo simplemente: "Me ha matado".
Si en sus últimos momentos les ataca el delirio, no hablan de otra cosa que de su caballo favorito, y no para lamentarse de separarse de él sino para jactarse de sus buenas cualidades. Cuando yo anduve por estas llanuras, sucedió una vez que cierto mulato, disgustado por algo que un mestizo había hablado de él mientras se hallaba ausente, fue a buscarlo, y habiéndole encontrado mientras almorzaba sentado en el suelo, le dijo sin bajarse del caballo: "Amigo, estoy enojado con usted y vengo a matarlo". El mestizo preguntó el motivo sin moverse siquiera. Ambos continuaron hablando con la mayor naturalidad, sin subir el tono de sus voces, hasta que el mulato bajó del caballo y, efectivamente, mató al mestizo. Esta escena se desarrolló ante una docena de gentes de campo, pero de acuerdo a su invariable costumbre, ninguno de ellos intervino para nada. No existe el precedente de que ningún hombre haya asumido el papel de mediador en una pelea, o de haber prendido a un criminal. Creo, en verdad, que se considerarían deshonrados si descubrieran o capturaran a un culpable, fuera cual fuere el delito: y por esta razón los esconden y los ayudan cuanto les es posible".
Todos ellos sienten una gran repugnancia a emplearse como sirvientes. Como están acostumbrados a hacer constantemente lo que quieren, nunca conciben cariño alguno ni a la tierra ni a sus patrones: no importa cuánto paguen, ni cómo los traten, los abandonan en cualquier momento que se les meta en la cabeza, la mayor parte de las veces, sin despedirse siquiera o diciéndoles, simplemente: "Me voy, porque ya he estado con usted bastante tiempo".
Los ruegos y reproches son igualmente vanos en tales casos, pues no dan contestación ni a unos ni a otros, y no se consigue desviarlos de sus propósitos. Son extremadamente hospitalarios; proporcionan techo y comida a cualquier viajero que se lo solicite, y casi nunca se les ocurre preguntar quién es o adónde va, aun cuando se quede con ellos durante varios meses. |
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Foto: Horacio Arance |
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Nacidos y criados en el desierto, disponiendo de muy escasos medios de comunicación con sus semejantes, estos pastores no conocen la amistad y tienen propensión a la sospecha y el fraude; por eso, cuando juegan a las cartas, por las cuales sienten una violenta pasión, se ponen generalmente agazapados en el suelo, con las riendas del caballo bajo los pies, para que no se escape, y muy frecuentemente clavan la daga o el cuchillo en la tierra a su lado, listos para despachar a la persona con quien están jugando, si advierten el menor intento de trampa, en las cuales son peritos consumados.
Se juegan todo lo que poseen y con la mayor tranquilidad. Cuando uno de ellos ha perdido su dinero, se juega la camisa, si ésta vale la pena de jugarla, y el ganancioso da, por regla general, la suya al perdedor si ya no vale, porque a ninguno de ellos se le ocurre tener dos. Cuando una pareja está a punto de contraer matrimonio, pide prestadas las ropas, las cuales se sacan no bien abandonan la iglesia, no tienen ni casa ni muebles, y su lecho es un simple cuero tendido en el suelo.
Los pastores son por naturaleza adictos al robo de caballos o fruslerías, pero nunca a cosas de importancia. También son muy aficionados a matar animales salvajes, y hasta ganado manso, sin necesidad. Sienten una gran antipatía por cualquier ocupación que no puedan desempeñar a caballo. Apenas saben caminar y no lo hacen mientras puedan evitarlo, aun cuando sólo sea cruzar la calle.
Cuando se encuentran en la pulpería, o en cualquier otro lugar, permanecen montados, aunque la conversación dure varias horas. También van a pescar a caballo, metiendo el animal en el agua para arrojar y recoger la red. Para sacar agua de un pozo, atan la soga a su caballo y hacen que éste alce el balde, sin qué ellos pongan ni un solo momento los pies en tierra. Si precisan mezcla, aunque no sea más que una pequeña cantidad, hacen que su caballo la pise y la trabaje sin bajarse ellos para nada. En fin, todo lo que hacen, es hecho a caballo.
La práctica ininterrumpida desde la niñez los hace jinetes incomparables, ya sea para mantenerse firmes sobre la montura o para galopar continuamente sin cansarse. En Europa probablemente, se les juzgaría como faltos de elegancia, porque estriban muy largo y no llevan las rodillas apretadas, sino que montan con las piernas abiertas, sin volver la punta de los pies a las orejas del caballo; pero, no obstante, no existe el menor peligro de que pierdan el equilibrio, ni un instante, ni de que al trotar o galopar sean lanzados de la montura, y aun cuando el animal patee, corcovee o haga cualquier otro movimiento; no, casi podría jurarse que el caballo y el jinete forman un solo cuerpo, aunque sus estribos son simples triángulos de madera, tan chicos que solamente caben en ellos las puntas de los dedos gordos de los pies. Por lo general, montan indistintamente el primer potro que agarran, aunque sea sin domar, y algunas veces hasta montan en los toros.
Con el lazo atado a la cincha del caballo, se paran a una distancia de ochenta o noventa pies y enlazan cualquier animal, sin exceptuar al toro, arrojándole el lazo al cuello y las patas, y jamás erran la pata a la cual apuntaron. Si un caballo rueda al ir a todo galope, la mayor parte de ellos no reciben ni el más leve golpe, pues caen parados a su lado, con las riendas en la mano para evitar que el caballo escape. A modo de ejercicio, piden a otra persona que arroje el lazo a las patas de su caballo mientras van al galope, y caen con toda seguridad de pies, aunque el bruto haya caído después de mil piruetas. En el manejo de las boleadoras, no son menos expertos que los Pampas.
Es casi increíble lo bien que conocen a los caballos y a otros animales. Sólo se precisa decir a uno de estos hombres: "Ahí hay doscientos caballos (tal vez más) que son míos: los dejo a tu cuidado y tú me responderás de ellos". Los mirará atentamente un momento, aunque a veces se hallen pastando a media milla de distancia; esto será suficiente para que los reconozca en forma tal de no perder ninguno. Otra circunstancia sorprendente es la seguridad con la cual alguno de estos hombres señalan, a primera vista, el mejor sitio para vadear un río, que se ve a una o dos leguas de distancia, aun cuando no lo hayan visto en su vida. Nunca dejan de ir derechamente al lugar que desean, sin brújula, sin dar rodeos de ninguna clase, ya sea durante el día o la noche, aunque no haya árboles, ni señales, ni caminos, y el campo sea absolutamente llano.
UN GAUCHO (1819-1824) - John Miers
El maestro de posta era algo así como un tipo refinado para una persona de su clase; es decir, un gaucho fino; era un individuo agradable y activo, nacido en Buenos Aires, enteramente au fait en el arte de criar y amaestrar caballos; sumamente experto en el uso del lazo y, especialmente, en el de las bolas, que siempre llevaba atadas alrededor de la cintura; sus maneras eran agradables y todo su aspecto expresaba alegría y buen humor.
Su presencia era airosa: vestía una chaqueta azul, corta, con una doble hilera de redondos botones dorados y un sombrerito negro de ala angosta; su poncho, orlado de rojo, doblado en dos, estaba sujeto a manera de falda, mediante una larga faja verde que se plegaba alrededor de la cintura. Llevaba calzones de algodón blanco con un gran fleco abajo, pero no usaba medias, ni botines. A caballo, serviría de, modelo para un pintor.
El GAUCHO (1825) - Francisco Bond Head
Nacida en tosco rancho, la criatura gaucha recibe poco cuidado, pero se deja columpiar en una hamaca de cuero colgada del techo. El primer año de su vida gatea desnuda, y he visto más de una vez a una madre que entregaba al niño de esta edad un cuchillo filoso, de un pie de largo, para que se entretuviera. En cuanto camina, sus diversiones infantiles son las que lo preparan para las ocupaciones de su vida futura: con lazo de hilo de acarreto trata de atrapar pajaritos, o perros cuando entran o salen del rancho.
Cuando cumple cuatro años de edad monta a caballo e inmediatamente es útil para ayudar a llevar el ganado al corral. El modo de cabalgar de estos niños es extraordinario; si un caballo trata de escapar de la tropilla que conducían al corral, he visto frecuentemente al chicuelo perseguirlo, alcanzarlo y hacerlo volver, zurrándolo todo el camino; en vano el animal intenta escurrirse y escapar, pues el chico lo sigue y se mantiene siempre cerca; y, caso curioso, a menudo se ha observado que el caballo montado siempre alcanza al suelto.
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Foto: Horacio Arance |
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Sus diversiones y ocupaciones pronto se hacen más viriles. Sin cuidarse de las vizcacheras que minan las llanuras, y son muy peligrosas, corre avestruces, llamas, leones y tigres; los agarra con las boleadoras, o con el lazo diariamente ayuda a enlazar ganado chúcaro y arrastrarlo hasta el rancho para carnear o herrar. Doma potrillos del modo que he de describir, y en estas ocupaciones es frecuente que ande afuera del rancho muchos días, cambiando caballo cuando se le cansa el montado, y durmiendo en el suelo.
Como el alimento constante es carne y agua, su constitución es tan fuerte que lo habilita para soportar una gran fatiga; y difícilmente se cerciora de las distancias que recorre y del número de horas que permanece a caballo. Aprecia enteramente la libertad sin restricciones de tal vida; y sin conocer sujeción de ninguna clase, su mente a menudo se llena con sentimientos de libertad, tan nobles como sencillos, aunque naturalmente participan de los hábitos salvajes de su vida. |
| Vano es intentar explicarle los lujos y bendiciones de una vida más civilizada; sus ideas estriban en que el esfuerzo más noble del hombre es levantarse del suelo y cabalgar en vez de caminar -que no hay adornos o variedad de alimentación que compense la falta de caballo-, y el rastro del pie humano en el suelo es en su mente símbolo de falta de civilización. |
El gaucho ha sido acusado por muchos de indolencia; quienes visitan su rancho lo encuentran en la puerta de brazos cruzado, y poncho recogido sobre el hombro izquierdo, a guisa de capa española; su rancho está agujereado y evidentemente sería más cómodo si empleara unas cuantas horas de trabajo en arreglarlo; en un lindo clima carece de frutas y legumbres; rodeado de ganados, a menudo está sin leche; vive sin pan, y no tiene más alimento que carne y agua, y, por consiguiente, quienes contrastan su vida con la del paisano inglés lo tildan de indolente y se sorprenderán de su resistencia para soportar vida de tanta fatiga.
Es cierto que el gaucho no tiene lujos, pero el gran rasgo de su carácter es su falta de necesidades: constantemente acostumbrado a vivir al aire libre o dormir en el suelo, no considera que agujero más o menos en el rancho lo prive de comodidad. No es que no guste del sabor de la leche, pero prefiere pasarse sin ella antes que someterse a la tarea cotidiana de ir a buscarla. Es cierto que podría hacer queso y venderlo por dinero, pero si ha conseguido un recado y buenas espuelas, no considera que el dinero tenga mucho valor: en efecto, se contenta con su suerte; y cuando se reflexiona que en la serie creciente de lujos humanos no hay punto que produzca contentamiento, no se puede menos de sentir que acaso hay tanta filosofía como ignorancia en la determinación del gaucho de vivir sin necesidades; y la vida que hace es ciertamente más noble que si trabajara como esclavo de la mañana a la noche a fin de obtener otro alimento para su cuerpo u otros adornos para vestirse.
Es cierto que sirve poco a la gran causa de la civilización, que es deber de todo ser racional fomentar; pero un individuo humilde que vive solitario en la llanura sin fin no puede introducir en las vastas regiones deshabitadas que lo rodean artes o ciencias; puede, por tanto, sin censura, permitírsela dejarlas como las encontró, y como deben permanecer, hasta que la población, que creará necesidades, invente los medios de satisfacerlas.
El carácter del gaucho es con frecuencia muy estimable; es siempre hospitalario: en su rancho el viajero siempre encontrará amistosa bienvenida, y a menudo será recibido con una dignidad natural de maneras muy notables, que casi no se espera encontrar en ranchos de aspecto tan mísero. Cuando yo entraba en el rancho, el gaucho se levantaba invariablemente para ofrecerme su asiento, que yo no aceptaba, con muchos cumplimientos y saludos hasta que hubiese aceptado su ofrecimiento, que consiste en un cráneo de caballo. Es curioso verlos invariablemente sacándose el sombrero al entrar en un cuarto sin ventanas, con puertas de cuero vacuno y techo escasísimo.
... La religión del gaucho es necesariamente más sencilla que en la ciudad, y su estado lo coloca fuera del alcance del sacerdote. En casi todos los ranchos hay una imagen o un cuadro, y los gauchos a veces llevan una crucecita colgada del cuello. Para que sus hijos sean bautizados los llevan a caballo a la iglesia más cercana, y creo que los muertos se ponen generalmente cruzados sobre el lomo del caballo y son sepultados en tierra consagrada, aunque el correo y el postillón que fueron asesinados, a cuyo servicio fúnebre asistí, se enterraron en las ruinas de un rancho viejo en medio de la llanura santafecina. Cuando se contrae matrimonio, el joven gaucho lleva la novia en ancas, y en el transcurso de pocos días, generalmente, pueden conseguir iglesia.
LOS GAUCHOS (1834) - M. Raymonde Baradére
Se designa generalmente con el nombre de ganchos a esa parte de la población de la campaña que sólo posee como propio, su choza o rancho, su caballo y su silla o recado. Lo más a menudo no tiene absolutamente nada.
Tal vez sea el gaucho el más independiente, el más libre, y el más feliz de todos los hombres: es de una completa indiferencia por el porvenir, y vive absolutamente al día. Sólo trabaja cuando ha agotado todos sus recursos para proveer a sus necesidades. Entonces se presenta en la primera estancia que encuentra en su camino, se instala allí en virtud del derecho ilimitado de la hospitalidad, téngase o no necesidad de sus servicios. En tal caso trabaja sin salario, hasta que uno de sus camaradas suficientemente provisto de dinero para volver a emprender su vida ociosa. le cede su lugar.
Después de algunos días de trabajo, hace otro tanto, y va a reunirse con sus camaradas. Su punto de reunión es por lo común una especie de taberna conocida en el país con el nombre de pulpería. Allí establecen su domicilio, pasan el tiempo bebiendo y cantando canciones llamadas cielitos, acompañándose con la guitarra, y jugando a las cartas. Cuando han gastado todo su dinero, la compañía se disuelve; y cada uno emprende de nuevo el camino de las estancias. Pero es raro que tal separación se efectúe sin que tengan lugar numerosas riñas, peleas a cuchillo y sin que se derrame sangre.
Los gauchos rara vez se casan; lo que no les impide que tengan mujeres. Si tienen hijos, es raro que los abandonen. En tal caso construyen una choza o rancho en el primer terreno que encuentran, pero lo más cerca posible de una estancia, donde esperan encontrar trabajo. El gaucho así instalado, es muy hospitalario. El mejor lugar de su rancho y el mejor trozo de su asado, son siempre para el huésped; él cuida de .su caballo y lo ata en el lugar donde el pasto es más abundante.
Si se da cuenta que el caballo está cansado, le ofrece el suyo. Afecta el mayor desinterés y jamás acepta el precio de la hospitalidad que se ha recibido. Pero, repito, por una extrañeza inexplicable, ha sucedido variar veces que ha desvalijado a su huésped, el puñal al cuello, a sólo algunos centenares de pasos de su casa.
El gaucho es muy apegado a sus hijos; él se encarga de su educación, que consiste en saber montar a caballo, enlazar, arrojar las boleadoras y matar los animales. La mujer estéril está casi segura de ser abandonada.
El gaucho sin dinero ni trabajo, se vuelve ladrón. Roba algunas pocas reses, que conduce a gran distancia, y que mata en seguida para vender los cueros a comerciantes ambulantes. Él no considera este acto como un robo; parece que buscara disimular su ociosidad calificándolo con la palabra changar. De manera que esta clase de ladrones es designada en el país con el nombre de changueadores.
Cuando el gaucho ha llegado a la edad en que las fuerzas comienzan a faltarle y no puede procurarse más lo necesario, se retira entonces en la cocina de alguna estancia. Se le considera como el "Penate " de la cocina; se le cuida como a un antiguo servidor, y concluye allí apaciblemente su carrera.
Después de muerto, se le coloca, sin ceremonia, en una fosa abierta al borde de algún camino importante, o de algún río. Una simple cruz de madera indica a los transeúntes el lugar en que yacen sus despojos.
Los gauchos constituyen una clase completamente aparte dentro de la población oriental. Ella es, tal vez, la más numerosa. Suministra obreros a las explotaciones agrícolas de la campaña, y soldados al Estado cuando lo exigen las circunstancias. SIGUE >>
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