LA YERRA (1867)
Wilfredo Latham

 

La marcación o hierra del ganado es un gran tiempo: los mayordo­mos y capataces de las estancias vecinas, reciben aviso para que vengan, si quieren, a apartar los animales de la marca de sus patrones, que podrían haberse descarriado o mezclado. Los peones de la estancia están montados en sus magníficos caballos; el ganado es arreado a los corrales de la estancia, y hay hecha una gran fogata de huesos de vaca donde se calientan las marcas.

Se examinan las cinchas y recados, se arreglan, si no están muy bien, lo que es muy importante, pues sobre la cincha y recado pesa la fuerza del

 
 
 
Castrando un potro

trabajo. Los lazos, ya preparados, están en la mano. El grupo es pintoresco. El ganado en los corrales, las grandes fogatas afuera, la densa humareda rodando ondulante por la llanura, los grupos de muchachos y hombres junto al fuego, los fogoneros y los marcadores medio envueltos entre el humo, y en perpetua alerta para trepar los postes del corral en caso de peligro; y, para completar el cuadro, veinticinco o treinta jinetes, desnudos de todo supefluo emperejilamiento, con pañuelos de colores atados fuertemente en la cabeza, muchas y brillantes camisas, chiripaes de todos colores, punzó, azul, verde y blanco, y los mayordomos y capataces contemplando las faenas, distinguiéndose por el hermoso jaez de sus caballos y sus enormes espuelas de plata. ()

LA YERRA (1883) - Ventura R. Linch

Llámase así al acto o a la acción de la marcación () que se hace cada uno o dos años, de la hacienda orejana que tienen las estancias.

Ésta se lleva a cabo de mediados a fines de otoño, es decir, durante los meses de abril, mayo y junio, cuando la benignidad de nuestro clima aún no ha desplegado los rigores del invierno.

Esta operación implica uno de los más grandes acontecimientos de la vida del gaucho.

Conocido el establecimiento que está de yerra, todo el vecindario se agita y se estremece preparándose para el día señalado. La noticia cunde con la celeridad del rayo, y no será extraño que al principio haya más de un centenar de paisanos que vinieron de lejanos pagos.

Cuanta pilcha lujosa compone el apero del gaucho, sale a tomar el aire con esta circunstancia. Ponchos de vicuña, chapeados de pura plata, calzoncillos con flecos, botas de potro bordadas en el empeine, lazos trenzados de veinticuatro, en fin, todo aquello de más rico, de más caro y más apreciado que existe en el paisano, entra a desempeñar su rol en aquellos días de algazara.

La yerra comienza por echar la hacienda al corral; se mata una o dos vaquillonas que han de servir la carne con cuero', las marcas están candentes en la hoguera; todo el mundo ríe y charla que es un primor.

Se designan los enlazadores y pialadores con que se ha de abrir el torneo y un vamos muchachos, lanzado por el dueño de la estancia, es la señal de que ha empezado la justa.

El corral se ve de pronto invadido por un enjambre de gente. El estanciero, su capataz, en fin, cualquiera, hace su armada, dirige la vista sobre el animal que ha de ser la primera víctima, arremete contra ella, la hacienda se arremolina, levantando la primer nube de polvo de la yerra y...

El lazo cae en las astas del orejano, si es vacuno (),y si es équido, en el cuello            (). Un hurrah, un bravo, un grito de alearía, un aplauso o lo que se quiera, resuena entre los actores y espectadores de la escena, y mientras los ecos y la brisa pierden aquella manifestación en la llanura, la víctima brega pugnando por cortar la fuerte polea que la aprisiona.

La contienda ha comenzado.

Diez y hasta veinte enlazadores y pialadores luchan siempre con el mejor éxito contra el crecido número de animales que hay que tender en el suelo.

 

Tan presto un toro bravo como las furias del averno, viéndose impotente para quebrar las ligaduras que le oprimen, cambia de táctica y embiste. Simultáneamente, un sinnúmero de lazos giran en todas direcciones.

El jinete, por una hábil maniobra, hace caracolear su caballo y el toro pasa como una avalancha, yendo a estrellarse contra los palos, o dándose una güelta de carnero. Si el lazo se corta la escena es peligrosa.

El animal furioso, escarba la tierra con ciega cólera, sus ojos inyectados brillan de un modo siniestro, su boca se cubre de una espuma blanquecina y largas babas semejantes a las babas del diablo se desprenden por ambos lados de su hocico.

El gaucho se entusiasma; ha encontrado al fin un enemigo digno de su destreza y de su audacia; hace su armada, arroja el lazo y al recibirlo el toro sobre sus aspas, baja la cabeza y se precipita bramando de ira contra el jinete.

Éste ha previsto el golpe; ya su caballo ha cambiado de posición y espera a pie firme el tirón que necesariamente dará el animal. Este lazo también se revienta y el toro, quizá avergonzado del poco éxito de su acometida, va a perderse entre sus compañeros de infortunio.

Un tercer lazo vuelve de nuevo a cogerlo. Él resiste y hace inauditos esfuerzos por quedarse entre los suyos. Pero en este instante otro paisano, cuyo vigoroso flete parece estar impaciente por entrar en la contienda, se lanza contra él y lo saca a pechadas hasta el centro del corral.

El toro no ha tenido tiempo de reponerse de la embestida, cuando ya el pialador lo enlaza de las patas y tira en sentido inverso al que lo tiene de las astas. Ya impotente para resistir, berrea dejándose estirar, hasta que otro de los paisanos lo empuja de las costillas y lo hace caer de costado.

Uno le pisa el pescuezo, mientras los otros se apresuran a maniatarlo perfectamente de patas y manos. En ese instante se presenta el de la marca, ¡Sin ninguna compasión, le aplica el hierro candente, y una vez señalado para toda la vida, lo desatan y se preparan a dejarlo salir.

El último que se retira es el que le pisa el pescuezo. Necesariamente éste debe ser ágil y vivo, porque ¡ay del que se atreve a arrostrar las iras del afrentado!

El toro, al verse libre, alza la cabeza; investiga en todas direcciones con mirada vaga e indecisa y velada por la ira y el furor.

De pronto se levanta, se sacude y lame la parte dolorida, luego atropella a la puerta del corral. Todos parecen respetar su dolor y el animal loco, echando espuma por la boca, gana el campo.

En cuántas ocasiones, antes de salir, algún jinete recibe una cornada en el pecho de su caballo. ¡Cuántas veces un simple espectador se ve expuesto a ser levantado en la punta de sus cuernos!

Pero lo interesante de la yerra no es precisamente el acto de la marcación sino el lujo y destreza que despliegan los enlazadores y pialadores, los unos a caballo, los otros a pie, y el variado conjunto que presenta la escena.

Mientras en el corral se admira la facilidad con que el gaucho maneja el lazo y el caballo, bajo el ombú, en la playa, en la cocina, se desarrollan otros cuadros de no menos interés.

Aquí se percibe un grupo en donde el mate, la guitarra y la ginebra contribuyen a amenizar un gato, un triunfo u otra pieza que se baila.

Allá se distingue otro por las imprecaciones y gritos de júbilo que a cada instante se producen: ahí se juega a la taba.

Más lejos, frente a la ramada, se entretiene un tercero jugando a las bochas. Este juego fue introducido por los vascos.

Bajo una carreta, a la sombra del edificio, en fin, donde sólo llegan los ecos de la grita del corral, cuatro, ocho o diez paisanos se divierten al truco.

¡Cuánto desgraciado pierde en ellas hasta la última pilcha de su recao, y cuántos deben a una yerra el principio de un mediano bienestar!

En todas partes, menos donde se juega y en el corral, se destaca la bella y graciosa figura de nuestras paisanitas, peinadas con sus dos trenzas, el pañuelo al cuello, sus aritos con vidrios de colores, sus grandes anillos y sus vestidos llenos de colorinches y de gran vuelo.

Las yerras, cuyo origen se remonta a la época del general Navarrete, duran en proporción de los animales que hay que marcar. Hay establecimientos en que se prolongan por quince o veinte días consecutivos.


LA HIERRA (1858-1861) - Pablo Mantegazza

Estamos en invierno o al principio de la primavera, y un rico estanciero nos ha invitado a su fiesta. Desde los cuatro rumbos del horizonte herboso que de lejos limita nuestra vista, avanzan grupos de gentes a caballo, o familias amontonadas en carros de dos ruedas, lentamente arrastrados por dos bueyes; de todas partes llega un retintín de espuelas, un relinchar de caballos, un murmullo de voces. La señorita salta con ligereza de la grupa en donde sosteníase apretada al lado del padre o de un amigo; los jóvenes picando sus cabalgaduras, que parecen como recién salidas de las carreras desenfrenadas de la salvaje libertad, se ejercitan en juegos peligrosos, y hacen brillar al sol mil guarniciones de plata. Mientras tanto, el dueño de casa ha reunido desde el alba en el corral todo su ganado bovino, y por vez primera contempláis, encerrados en estrecho recinto, centenares y millares de animales cornudos, que así apretujados y excitados, parecen un mar de materia viva, que se agita y alborota.

Un gaucho, montado en su caballo y agitando en el aire con mucha elegancia el nudo abierto de su lazo, hiende la onda de aquel océano bovino, y con vista que nunca yerra, distingue al ternero que aún no está marcado, y arrojándole el asa del lazo lo aprisiona y arrastra fuera de la empalizada. Apenas se ve libre en el campo, el animal intenta escapar, y cuando demuestra que va a satisfacer su deseo, desde un cerco vivo de gauchos, que están de pie en las puertas del corral, parte silbando un torbellino de lazos, que antes que termine de contarlo, lo envuelve y aprieta en una red inextricable, lo detiene en su carrera y lo ofrece, tendido, al hierro del marcador, el
 
que llega corriendo con la marca enrojecida y estampa sobre uno de los flancos el testimonio de vasallaje, el signo que protege de las pérdidas y de los robos al propietario. Desde este momento, apenas se deshace la red que lo envuelve, el fresco buey puede correr de nuevo a los pastos de la pampa, a los que vendrá después a buscarlo el hierro del carnicero.

En un país en el que los campos no están limitados por setos ni zanjas, la marca constituye la única garantía de propiedad, y su dibujo se deposita en los archivos públicos. Cuando se venden caballos y bueyes, el nuevo propietario estampa su marca, y el antiguo dueño también de nuevo la suya, en señal de que acepta el contrato, por lo que dos marcas de la misma forma se anulan. Muchas veces he visto caballos que tenían el cuero como un mapa geográfico, marcado en los dos flancos y hasta en el cuello.

A las ovejas se las contramarca, con cortes de diversas formas, en las orejas, y se multiplican los mismos cortes en las orejas y colas de los bueyes, para evitar, lo mejor posible, las equivocaciones entre marcas semejantes. Es extraño ver cómo el gaucho más grosero y menos inteligente, que tal vez no conoce la o, por redonda, sabe distinguir perfectamente y a primera vista cien marcas distintas entre rebaños de varios propietarios que se han mezclado, lo mismo que traza el dibujo de todas en el suelo, aunque algunas sean complicadísimas. Vaya esto como una de las mil pruebas de la influencia del continuo ejercicio sobre el desarrollo del poliedro intelectual.

Una de las operaciones que exigen mayor agilidad de músculos y más agudo golpe de vista es, sin duda, la de echar el lazo a un animal que huye, aprovechando el instante rapidísimo en que levanta del suelo una de sus patas anteriores, pasándolo por entre ésta y el casco y derribando en un relámpago al prisionero. He visto practicar esta operación, que se llama pialar, cien veces, y otras tantas la he admirado como cosa prodigiosa. Los pialadores más hábiles apuestan que ceñirán con el nudo de su lazo la pata derecha o izquierda de un caballo que huye a todo galope, o las dos manos de un toro que corre mugiendo. Es así como un hombre solo puede apoderarse, sin armas de fuego, del animal más salvaje de la pampa, degollar un buey, detener un caballo que huye, estrangular un tigre.

Imposible imaginar ojos más agudos y manos más seguras que la... del gaucho. Un amigo mío en viaje por la campaña vio huir una familia de avestruces que, gracias a sus zancas, fatigan a los caballos mis robustos. Espolear su caballo y desprender de su silla las bolas fue cosa de un minuto. Cuando ya cerca del avestruz estaba por arrojarle el arma, su caballo rodó, pero el argentino, enderezándose en pie y corriendo siempre, hizo silbar por el aire su proyectil y alcanzó al avestruz. Es habitual entre los qauchos permanecer de pie en las caídas del caballo, lo que les resulta más fácil a causa de los estribos tan estrechos que usan y en los que apenas entra la punta del pie.

Mientras los hombres atienden la hierra, compitiendo en su habilidad en pialar, las señoritas se atarean en los preparativos de la comida, en la que jamás deben faltar los tradicionales pasteles (pastelitos de carne, pasa, tocino, etc.), sean de hojaldre, repulgados o de bocado.

La fiesta termina con un baile, que casi siempre se realiza al cencerro de dos o tres guitarras mal afinadas. La danza más común es el pericón, pero también se bailan el cielito en batalla, o de la bolsa, el gato, los aires. El fandanguillo, de origen andaluz, se baila raras veces.

Los bailes nacionales argentinos son graciosos, tranquilos, acompañados de mucha mímica, a menudo de cumplimientos rimados relaciones que se dirigen unos a otros, y que alternan con el castañeteo de los dedos v el martilleo de los talones

Entre un pericón y un cielito, corren copiosas libaciones de vino y aguardiente, mientras que los más sobrios chupan mate, y el poeta de la reunión improvisa cuentos o chistes amorosos, que con voz nasal y melancólica, acompaña con la guitarra. Muchas veces he admirado en aquellos improvisadores gran fantasía y espiritualidad, pero mis oídos se han rebelado siempre contra aquella música horrorosa y que es, sin embargo, la única armonía nacional del gaucho. El chiporroteo vivaz y lascivo de las canciones andaluzas, se ha perdido completamente en las campañas argentinas, y la pampa solitaria y las costumbres de la vida salvaje e independiente, han creado una música triste, monótona, lúgubre, en las que a veces mal se asocia la lascivia con el estoicismo apático de las razas indias.

La riqueza del estanciero que nos ha invitado a su hierra, se mide por la duración de su fiesta, que puede prolongarse tanto un día, como una semana.

 
 
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