DICTAMEN IMPARCIAL SOBRE LOS GAUCHOS
(1818) Anónimo

 
Estos hombres que en algún tiempo fueron reputados por tímidos o cobardes, y en la época presente por furiosos y desalmados, no deben calificarse de un extremo ni otro, pues la serie

de acontecimientos que ha habido en las provincias del Río de la Plata, y la observación que algunos curiosos han hecho sobre la conducta de los referidos gauchos, manifiesta no solamente lo contrario, sino algunas cualidades en ellos que quizá no se divisarían en los demás hombres civilizados.

Ellos regularmente aman la libertad, y desean satisfacer sus pasiones (lo mismo sucede a todos los hombres), en cuyo estado, que no deja de ser un símil del de brutalidad, viven mucho más

 
Foto: Horacio Arance
contentos que los racionales virtuosos, pues a éstos les aflige demasiado el remordimiento de sus conciencias, y a aquéllos no les atemoriza el terrible porvenir, en razón de las limitadas ideas que tienen de la religión, de la cual generalmente ignoran todo, pues hay muchos de ellos que se han bautizado a los ocho o diez años (y yo he presenciado el de uno de más de treinta), se han confesado tres o cuatro veces en veinte años, y en todo el resto de su vida habrán oído cincuenta misas, la mayor parte montados a caballo.

No tienen la más pequeña idea del universo; no conocen el fanatismo; todo lo que no sea su caballo y moza les es indiferente; si concurren a las capillas donde se les instruye con la doctrina, más bien lo hacen por la curiosidad de ver los caballos y aperos de sus compañeros, por presenciar las apuestas, que suelen entablar, y en las que aventuran hasta la camisa, que por devoción.

Ninguna radicación tiene la fe entre ellos; y por consiguiente no contienen sus desórdenes; el amor al premio, ni el temor del castigo puede estimularlos. Esto proviene de la corta civilización que tienen, de la instrucción que reciben de sus padres, y del abandono en que viven, especialmente los que distan de cuarenta a cien leguas de la población, pues en éstos es una gracia cuando al cumplir de diez a catorce años, solicitan a la madre, o hacen propagar la generación con sus hermanas.

El lujo tiene poco ascendiente sobre ellos, pues visten de lienzo ordinario de algodón, y su vestuario más decente, se compone de unos calzoncillos blancos, que les llegan a los tobillos, con un fleco de cuatro dedos, un chiripá, o lienzo de colores, liado a la cintura, calzón de pana, o tripe azul, o encarnado, y un poncho de colores de la misma hechura que los que se dieron en la guerra pasada contra la Francia a nuestra infantería; en teniendo esto, y un sombrero de ala y copa chica, con un pañuelo para asegurarlo a la cabeza, ya no aspiran a mayores galas, queda lleno el hueco de su ambición; sin embargo, de que no costándoles dinero, gustan de algunas otras prendas, que se han introducido de poco tiempo a esta parte.

La pasión dominante que ellos tienen es por un buen caballo, con su apero correspondiente, buen freno y espuelas de plata, botas de piel de gato, una baraja, algunos reales para jugar, y un frasco de aguardiente, son todas las delicias que desean durante su vida estos hombres. Son muy fuertes en los trabajos del campo, y resisten la intemperie como no hay ejemplar, suelen pasar las veinticuatro, y cuarenta y ocho horas, sin más alimento que el mate, y su comida general es un pedazo de carne asada, sin sal, sin pan, ni condimento alguno, y para esto suelen degollar una res desperdiciando el resto.

 
Foto: Horacio Arance

Son muy lascivos, celosos y vengativos; no pierden ocasión de tomar satisfacción de los agravios, unas veces cara a cara, y las más a traición. Roban las solteras, y aun las casadas, y las transportan a largas distancias cuando se prendan de ellas; gustan de cantar, tocar la guitarra.

No hay forma de reducirlos a la razón, ni sacar partido de ellos, no valiéndose de los alicientes e incentivos que quedan indicados, y tienen tanta analogía con su pasión dominante. Con todo estoy íntimamente persuadido que cualquier hombre por extraño que sea, que vista el mismo modo que ellos, que hable el lenguaje que gustan los tales gauchos, que aparenten rusticidad pues son muy sagaces a pesar de lo dicho, y se acomode a los

vicios de que adolecen, vivirá entre ellos muy aplaudido, y aun podrá servir de oráculo en los casos y lances que se ofreciesen.

Nada de Europa, ni del resto del mundo, por halagüeño que sea, linsonjea la pasión de ellos, ni tiene relación con sus deseos; al contrario, los irrita, y no gustan de otra conversación, más que de sus chinas, caballos, y carreras.

Acostumbrados a matar millares de vacas y toros furiosos, no tienen temor de ensangrentar sus puñales, en cualquier hombre, por robarle un par de espuelas, o por una pequeña indisposición, bien que no pocas veces han perdonado la vida a un español, de quien recibieron algún beneficio; para cuyo acto prueban que no son insensibles a los impulsos de gratitud y compasión.

Para la guerra que siguen tienen calidades capaces de hacerla interminable, pues no faltándoles el caballo, y la carne, sus horas de juego y mujeres, por nada se apuran para pagas ni vestuarios, y con la mayor facilidad hacen sus marchas y mudan de campamento, sin que les cause incomodo ni la intemperie del invierno, ni los calores del verano, pues en todas las estancias usan una misma ropa y se mantienen sanos y robustos; no reclaman cuarteles ni piden otras comodidades que una fogata de invierno, donde se reúnen formando ruedas, sentados en cuclillas y cruzados, los más de ellos, los pies como las mujeres, y cuando más de una cabeza de animal, de los muchos que matan, que es su mejor taburete, donde se pasan las noches en el fuego, guitarra, y el traguito de aguardiente con un mate, más contentos que nuestros generales en el mayor banquete, y cuando en sus cantos sale alguno con la yegua gateada, mala cara, y otros dichos iguales, hay grandes gritos, celebrando la agudeza de sus semejantes.

Se sacaría un partido ventajosísimo de estos hombres para domar caballos, tan necesarios, beneficiar los ganados de la campaña, y hacer la guerra que sin ellos es casi imposible, captándose con mucha política la voluntad de Artigas, y tres o cuatro cabezas de los que tienen mayor ascendiente sobre ellos; y cuando esto fuese imposible, queda el arbitrio de pacificar la Banda Oriental, y desvanecer la fuerza de los gauchos, contentando a los estancieros y vecinos pudientes de la campaña, con privilegios honrosos, distinciones, y otras gracias que pueden hacerse en nombre del Soberano; pero si estos vecinos, la mayor parte honrados, llegan a declararse en favor del Rey, privarían insensiblemente a los gauchos de los recursos con que nos hacen la guerra, como sucedió con las tropas de Buenos Aire3 que careciendo en la Banda Oriental de caballada, y carnes, para mantenerse tuvieron que abandonar la empresa de someter estos vastos campos a su dominio.

 
 
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