Martín Fierro ( 1872-1879) - Autor: José Hernández (1834-1886)
Fuente: El gaucho Martín Fierro (1872)

IV

Seguiré esta relación
aunque pa chorizo es largo:
el que pueda hágasé cargo
cómo andaría de matrero,
después de salvar el cuero
de aquel trance tan amargo.

Del sueldo nada les cuento,
porque andaba disparando;
nosotros, de cuando en cuando,
solíamos ladrar de pobres:
nunca llegaban los cobres
que se estaban aguardando.

Y andábamos de mugrientos
que el mirarnos daba horror;
les juro que era un dolor
ver esos hombres,¡por Cristo!
En mi perra vida he visto
una miseria mayor.

Yo no tenía ni camisa
ni cosa que se parezca;
mis trapos sólo pa yesca
me podían servir al fin...
No hay plaga como un fortín
para que el hombre padezca.

Poncho, jergas, el apero,
las prenditas, los botones,
todo, amigo, en los cantones
jue quedando poco a poco;
ya nos tenían medio loco
la pobreza y los ratones.

Sólo una manta peluda
era cuanto me quedaba;
la había agenciao a la taba
y ella me tapaba el bulto;
yaguané que allí ganaba
no salía... ni con indulto.

Y pa mejor hasta el moro
se me jue de entre las manos;
no soy lerdo... pero, hermano,
vino el comendante un día
diciendo que lo quería
"pa enseñarle a comer grano".

Afigúresé cualquiera
la suerte de este su amigo,
a pie y mostrando el umbligo,
estropiao, pobre y desnudo.
Ni por castigo se pudo
hacerse más mal conmigo.

Ansí pasaron los meses,
y vino el año siguiente,
y las cosas igualmente
siguieron del mesmo modo:
adrede parece todo
para aburrir a la gente.

No teníamos más permiso,
ni otro alivio la gauchada,
que salir de madrugada,
cuando no había indio ninguno,
campo ajuera, a hacer boliadas,
desocando los reyunos.

Y cáibamos al cantón
con los fletes aplastaos,
pero a veces medio aviaos
con plumas y algunos cueros
que áhi no más con el pulpero
los teníamos negociaos.

Era un amigo del jefe
que con un boliche estaba;
yerba y tabaco nos daba
por la pluma de avestruz,
y hasta le hacía ver la luz
al que un cuero le llevaba.

Sólo tenía cuatro frascos
y unas barricas vacías,
y a la gente le vendía
todo cuanto precisaba:
a veces creiba que estaba
allí la proveduría.

¡Ah pulpero habilidoso!
Nada le solía faltar
¡ahijuna! y para tragar
tenía un buche de ñandú.
La gente le dio en llamar
"el boliche de virtú".

Aunque es justo que quien vende
algún poquitito muerda,
tiraba tanto la cuerda
que con sus cuatro limetas
él cargaba las carretas
de plumas, cueros y cerda.

Nos tenía apuntaos a todos
con más cuentas que un rosario,
cuando se anunció un salario
que iban a dar, o un socorro;
pero sabe Dios qué zorro
se lo comió al comisario.

Pues nunca lo vi llegar
y, al cabo de muchos días,
en la mesma pulpería
dieron una buena cuenta,
que la gente muy contenta
de tan pobre recebía.

Sacaron unos sus prendas
que las tenían empeñadas,
por sus deudas atrasadas
dieron otros el dinero;
al fin de fiesta el pulpero
se quedó con la mascada.

Yo me arrecosté a un horcón
dando tiempo a que pagaran,
y poniendo güena cara
estuve haciéndomé el poyo,
a esperar que me llamaran
para recebir mi boyo.

Pero áhi me pude quedar
pegao pa siempre al horcón;
ya era casi la oración
y ninguno me llamaba;
la cosa se me ñublaba
y me dentró comezón.

Pa sacarme el entripao
vi al Mayor, y lo fí a hablar.
Yo me lo empecé a atracar
y, como con poca gana,
le dije: "Tal vez mañana
acabarán de pagar."

"-Qué mañana ni otro día",
al punto me contestó,
"la paga ya se acabó,
siempre has de ser animal."
Me rái y le dije: "Yo...
no he recebido ni un rial".

Se le pusieron los ojos
que se le querían salir,
y áhi no más volvió a decir
comiéndomé con la vista:
"¿Y qué querés recebir
si no has dentrao en la lista?"

"-Esto sí que es amolar",
dije yo pa mis adentros,
"van dos años que me encuentro
y hasta áura he visto ni un grullo;
dentro en todos los barullos
pero en las listas no dentro".

Vide el pleito mal parao
y no quise aguardar más...
Es güeno vivir en paz
con quien nos ha de mandar,
y reculando pa trás
me le empecé a retirar.

Supo todo el Comendante
y me llamó al otro día,
diciéndomé que quería
aviriguar bien las cosas...
que no era el tiempo de Rosas,
que áura a naides se debía.

Llamó al cabo y al sargento
y empezó la indagación:
si había venido al cantón
en tal tiempo o en tal otro...
Y si había venido en potro,
en reyuno o redomón.

Y todo era alborotar
al ñudo, y hacer papel:
conocí que era pastel
pa engordar con mi guayaca;
mas si voy al Coronel
me hacen bramar en la estaca.

¡Ah, hijos de una...! ¡La codicia
ojalá les ruempa el saco!
Ni un pedazo de tabaco
le dan al pobre soldao,
y lo tienen, de delgao,
más ligero que un guanaco.

Pero qué iba a hacerles yo,
charabón en el desierto;
más bien me daba por muerto
pa no verme más fundido
y me les hacía el dormido
aunque soy medio dispierto.

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V

Yo andaba desesperao
aguardando una ocasión
que los indios un malón
nos dieran, y entre el estrago
hacérmelés cimarrón
y volverme pa mi pago.

Aquello no era servicio
ni defender la frontera:
aquello era ratonera
en que es más gato el más juerte:
era jugar a la suerte
con una taba culera.

Allí tuito va al revés:
los milicos se hacen piones,
y andan por las poblaciones
emprestaos pa trabajar;
los rejuntan pa peliar
cuando entran indios ladrones.

Yo he visto en esa milonga
muchos jefes con estancia,
y piones en abundancia,
y majadas y rodeos;
he visto negocios feos
a pesar de mi inorancia.

Y colijo que no quieren
la barunda componer:
para esto no ha de tener
el jefe, aunque esté de estable,
más que su poncho y su sable,
su caballo y su deber.

Ansina, pues, conociendo
que aquel mal no tiene cura,
que tal vez mi sepultura
si me quedo iba a encontrar,
pensé en mandarme mudar
como cosa más sigura.

Y pa mejor, una noche
¡qué estaquiada me pegaron!
Casi me descoyuntaron
por motivo de una gresca.
¡Ahijuna, si me estiraron
lo mesmo que guasca fresca!

Jamás me puedo olvidar
lo que esa vez me pasó:
dentrando una noche yo
al fortín, un enganchao,
que estaba medio mamao,
allí me desconoció.

Era un gringo tan bozal,
que nada se le entendía.
¡Quién sabe de ande sería!
Tal vez no juera cristiano,
pues lo único que decía
es que era pa-po-litano .

Estaba de centinela
y, por causa del peludo,
verme más claro no pudo
y esa jue la culpa toda.
El bruto se asustó al ñudo
y fi el pavo de la boda.

Cuanto me vido acercar:
"¿Quén vívore?" -preguntó:
"Qué víboras" -dije yo.
"¡Ha garto!" -me pegó el grito.
Y yo dije despacito:
"Más lagarto serás vos."

Ahi no más ¡Cristo me valga!
rastrillar el jusil siento;
me agaché, y en el momento
el bruto me largó un chumbo;
mamao, me tiró sin rumbo,
que si no, no cuento el cuento.

Por de contao, con el tiro
se alborotó el avispero;
los oficiales salieron
y se empezó la junción:
quedó en su puesto el nación
y yo fi al estaquiadero.

Entre cuatro bayonetas
me tendieron en el suelo.
Vino el mayor medio en pedo
y allí se puso a gritar:
"Pícaro, te he de enseñar
a andar declamando sueldos."

De las manos y las patas
me ataron cuatro cinchones.
Les aguanté los tirones
sin que ni un ¡ay! se me oyera
y al gringo la noche entera
lo harté con mis maldiciones.

Yo no sé por qué el gobierno
nos manda aquí a la frontera
gringada que ni siquiera
se sabe atracar a un pingo.
¡Si creerá al mandar un gringo
que nos manda alguna fiera!

No hacen más que dar trabajo,
pues no saben ni ensillar;
no sirven ni pa carniar,
y yo he visto muchas veces
que ni voltiadas las reses
se les querían arrimar.

Y lo pasan sus mercedes
lengüetiando pico a pico
hasta que viene un milico
a servirles al asao...
Y eso sí, en lo delicaos
parecen hijos de rico.

Si hay calor, ya no son gente,
si yela, todos tiritan;
si usté no les da, no pitan
por no gastar en tabaco,
y cuando pescan un naco
uno al otro se lo quitan.

Cuando llueve se acoquinan
como el perro que oye truenos.
¡Qué diablos! sólo son güenos
pa vivir entre maricas,
y nunca se andan con chicas
para alzar ponchos ajenos.

Pa vichar son como ciegos,
ni hay ejemplo de que entiendan;
no hay uno solo que aprienda,
al ver un bulto que cruza,
a saber si es avestruza,
o si es jinete, o hacienda.

Si salen a perseguir
después de mucho aparato,
tuitos se pelan al rato
y va quedando el tendal:
esto es como en un nidal
echarle güevos a un gato.

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VI

Vamos dentrando recién
a la parte más sentida,
aunque es todita mi vida
de males una cadena:
a cada alma dolorida
le gusta cantar sus penas.

Se empezó en aquel entonces
a rejuntar caballada
y riunir la milicada
teniéndolá en el cantón,
para una despedición
a sorprender a la indiada.

Nos anunciaban que iríamos
sin carretas ni bagajes
a golpiar a los salvajes
en sus mesmas tolderías;
que a la güelta pagarían
licenciándoló al gauchaje.

Que en esta despedición
tuviéramos la esperanza,
que iba a venir sin tardanza,
según el jefe contó,
un menistro o qué se yo...
que le llamaban Don Ganza.

Que iba a riunir el ejército
y tuitos los batallones
y que traiba unos cañones
con más rayas que un cotín.
¡Pucha!... las conversaciones
por allá no tenían fín.

Pero esas trampas no enriedan
a los zorros de mi laya;
que el menistro venga o vaya,
poco le importa a un matrero.
Yo también dejé las rayas...
en los libros del pulpero.

Nunca jui gaucho dormido,
siempre pronto, siempre listo,
que soy un hombre, ¡qué Cristo!,
que nada me ha acobardao,
y siempre salí parao
en los trances que me he visto.

Dende chiquito gané
la vida con mi trabajo,
y aunque siempre estuve abajo
y no sé lo que es subir,
también el mucho sufrir
suele cansarnos ¡barajo!

En medio de mi inorancia
conozco que nada valgo:
soy la liebre o soy el galgo
asigún los tiempos andan;
pero también los que mandan
debieran cuidarnos algo.

Una noche que riunidos
estaban en la carpeta
empinando una limeta
el jefe y el juez de paz,
yo no quise aguardar más
y me hice humo en un sotreta.

Para mí el campo son flores
dende que libre me veo;
donde me lleva el deseo
allí mis pasos dirijo
y hasta en las sombras, de fijo
que a donde quiera rumbeo.

Entro y salgo del peligro
sin que me espante el estrago;
no aflojo al primer amago
ni jamás fi gaucho lerdo:
soy pa rumbiar como el cerdo
y pronto cái a mi pago.

Volvía al cabo de tres años
de tanto sufrir al ñudo,
resertor, pobre y desnudo,
a procurar suerte nueva,
y lo mesmo que el peludo
enderecé pa mi cueva.

No hallé ni rastro del rancho;
¡sólo estaba la tapera!
¡Por Cristo, si aquello era
pa enlutar el corazón:
yo juré en esa ocasión
ser más malo que una fiera!

¡Quién no sentirá lo mesmo
cuando ansí padece tanto!
Puedo asigurar que el llanto
como una mujer largué.
¡Ay mi Dios, si me quedé
más triste que Jueves Santo!

Sólo se oiban los aullidos
de un gato que se salvó;
el pobre se guareció
cerca, en una vizcachera.
Venía como si supiera
que estaba de güelta yo.

Al dirme dejé la hacienda
que era todito mi haber;
pronto debíamos volver,
según el Juez prometía,
y hasta entonces cuidaría
de los bienes la mujer.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

Después me contó un vecino
que el campo se lo pidieron,
la hacienda se la vendieron
pa pagar arrendamientos,
y qué sé yo cuántos cuentos;
pero todo lo fundieron.

Los pobrecitos muchachos
entre tantas afliciones,
se conchabaron de piones;
¡mas qué iban a trabajar,
si eran como los pichones
sin acabar de emplumar!

Por áhi andarán sufriendo
de nuestra suerte el rigor:
me han contao que el mayor
nunca dejaba a su hermano;
puede ser que algún cristiano
los recoja por favor.

¡Y la pobre mi mujer
Dios sabe cuánto sufrió!
Me dicen que se voló
con no sé qué gavilán,
sin duda a buscar el pan
que no podía darle yo.

No es raro que a uno le falte
lo que a algún otro le sobre;
si no le quedó ni un cobre
sino de hijos un enjambre
¿qué más iba a hacer la pobre
para no morirse de hambre?

Tal vez no te vuelva a ver,
prenda de mi corazón:
Dios te dé su proteción
ya que no me la dio a mí,
y a mis hijos dende aquí
les echo mi bendición.

Como hijitos de la cuna
andarán por áhi sin madre.
Ya se quedaron sin padre,
y ansí la suerte los deja,
sin naides que los proteja
y sin perro que los ladre.

Los pobrecitos tal vez
no tengan ande abrigarse,
ni ramada ande ganarse,
ni rincón ande meterse,
ni camisa que ponerse,
ni poncho con que taparse.

Tal vez los verán sufrir
sin tenerles compasión;
puede que alguna ocasión
aunque los vean tiritando
los echen de algún jogón
pa que no estén estorbando.

Y al verse ansina espantaos
como se espanta a los perros,
irán los hijos de Fierro
con la cola entre las piernas,
a buscar almas más tiernas
o esconderse en algún cerro.

Mas también en este juego
voy a pedir mi bolada;
a naides le debo nada
ni pido cuartel ni doy,
y ninguno dende hoy
ha de llevarme en la armada.

Yo he sido manso primero
y seré gaucho matrero
en mi triste circunstancia,
aunque es mi mal tan projundo;
nací y me he criado en estancia,
pero ya conozco el mundo.

Ya les conozco sus mañas,
le conozco sus cucañas,
sé cómo hacen la partida,
la enriedan y la manejan:
deshaceré la madeja
aunque me cueste la vida.

Y aguante el que no se anime
a meterse en tanto engorro
o si no aprétesé el gorro
o para otra tierra emigre;
pero yo ando como el tigre
que le roban los cachorros.

Aunque muchos creen que el gaucho
tiene un alma de reyuno,
no se encontrará ninguno
que no le dueblen las penas;
mas no debe aflojar uno
mientras hay sangre en las venas.

 
 
 
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