|
1840 - Adolfo D'Hastrel |
Al entrar en la ciudad no se puede dejar de admirar el pintoresco aspecto de la población y el porte libre con que los gauchos cabalgan por las calles. Su traje es muy atrayente. Usan calzones muy anchos de lienzo blanco llamados calzoncillos, hermosamente adornados de la rodilla abajo con calados, y a veces con un fleco de seda que cae sobre el pie. Un chiripá, un poncho de algún color brillante, atado alrededor de la cintura, y acomodado flojamente entre las piernas, en forma de grandes pantalones abolsonados; una corta chaqueta y un ancho cinto de cuero con carteras completan la vestimenta.
El cinto, llamado tirador, está asegurado atrás con cuatro o más hileras de patacones, y a él va sujeto un largo cuchillo, frecuentemente con vaina y empuñadura de plata. Sus botas, abiertas en la punta, son blancas y hechas con gran esmero con el cuero de la pata del caballo, sin costura; la abertura en la punta es por donde pasó la tibia del animal. Estas botas son engorrosas de hacer, pues hay que rasparlas y estregarlas con gran cuidado hasta quedar suficientemente delgadas y |
| flexibles. El sombrero es un panamá de paja con ala angosta, rodeado por una cinta roja, y usan grandes espuelas de hierro o plata. |
El uniforme de los soldados es bueno y sencillo y corresponde al que siempre acostumbran a usar. Llevan una camisa de lana roja, chiripá y gorro de cuartel también rojos, con bandoleras blancas. Son todos de caballería, pues no se puede esperar de un gaucho que vaya a ningún lado sin el caballo, aunque algunas veces son también utilizados en la infantería. Son generalmente muy buenos mozos, de aspecto salvaje, y su elegante y fácil manera de montar a caballo suscita admiración.
Los gauchos debieran ser vistos únicamente a caballo. Estriban largo sin depender de ninguna manera de los estribos; y como la montura (recado) toma la forma del lomo del caballo, se sientan en la posición en que un hombre lo haría si no tuviese silla ni estribos, exactamente como vemos los guerreros esculpidos en el friso del Partenón. Como en esa posición lo principal de la presión contra la montura se hace desde el muslo, parecen sentarse libremente sobre sus caballos porque la pierna y el pie que cuelgan dan esta apariencia, pero siempre están perfectamente firmes.
Generalmente, van con la rienda floja y no pretenden saber nada de lo que se refiere a poner el caballo en las riendas, o de las demás reglas de equitación que conocen nuestros jinetes. Muy rara vez el caballo los desmonta, pero cuando el animal hocica se mantienen enredando sus grandes espuelas bajo el cuero del recado. Si el caballo cae con ellos cuando galopan, con frecuencia encuentran el modo de caer parados.
Rosas fue reconocido el mejor gaucho de su tiempo, significando con ello que era el mejor jinete en un caballo chúcaro, y el más hábil tirador de lazo y bolas. Podía saltar sobre el lomo de un caballo salvaje en el momento en que se abalanzaba desde la puerta del corral, sin montura ni riendas, cabalgarlo y traerlo al corral. La montura llamada recado es, creo, peculiar de este país. Al principio no es agradable usarla, pero gusta a muchos cuando se han acostumbrado a ella y cabalgarán con recado un caballo que los tiraría con silla inglesa.
|
1862 - Juan León Palliere |
El oriental quiere a su caballo y lo trata bien, pero el gaucho lo descuida. Esto proviene, probablemente, del carácter de los caballos de las pampas y de su baratura. La misma razón lo vuelve cruel con el ganado, del cual parece pensar que es insensible.
Cuando arrea ganado a la ciudad para la matanza, el gaucho no tiene escrúpulos en desjarretar los animales cansados, y los abandona gimiendo en el camino hasta que tiene tiempo de volver a buscarlos. Frecuentemente he hallado cuatro o cinco en este estado en el curso de una milla, después de haber pasado una tropa por el camino.
Los caballos no son lo que en Inglaterra podríamos llamar buenos, pero sí muy tolerables, y generalmente agradables de cabalgar, con un galope largo muy cómodo una vez domados son muy dóciles, muy mansos, como dicen los nativos, porque a menudo sueltan cuarenta o cincuenta juntos en el corral; y en la ciudad los dejan
|
| esperando en la calle a la puerta de la casa con toda confianza. Se acostumbra cortarles la crin y dejarles solamente un mechón, que sirve de ayuda para montar. Las colas nunca se cortan, y el gaucho más vulgar pensaría. que es algo indigno montar un caballo de cola corta. Sus únicos modos de andar son el paso y el galope, y como ninguno trota bien, lo mejor es no intentarlo. Pocos están herrados, excepto en la ciudad. |
EL GAUCHO FEDERAL (1832-1852) - Ventura R. Lynch
Caracteres. La trenza de los primitivos cauchos había desaparecido, usándose el pelo cortado a la altura de la oreja. La barba ya había entrado en moda, acostumbrándose rasurarla a la altura de la boca, en la que también ya se dejaba crecer el bigote. El color del rostro era acentuado, semichinado, mezcla todavía de las razas blanca y cobriza, con el labio inferior un poco grueso, como los cauchos anteriores.
Costumbres. Vestían con muy poca diferencia del pancho primitivo, con el sombrero de embudo de aquella época, que había sustituido al anterior y en el que lucía su ancha divisa punzó.
El pantalón ya había sido reemplazado por el chiripá, siendo los más usuales de paño, lana, lino o algodón.
Al cuello usaban un pañuelo punzó, y su facón, que había crecido un medio palmo, había pasado a colocarse sobre los riñones en vez del costado izquierdo o delante, como lo usaban sus antecesores.
El tirador sustituía ya al ceñidor.
Su música había sido aumentada con hueyas, gatos, pericones, triunfos, medias cañas, tristes, estilos, cuecas, etc., etc., imperando en su letra los gritos de muerte que lanzaban los seides del tirano contra sus enemigos y los elogios al Ilustre Restaurador de las Leyes, como él mismo pomposamente se hacía llamar. |
|
|
|
|
 |
|
|
Coracero, 1844 - Julio Dausfresne |
|
|
GATO
Que vivan los federales
y viva el Restaurador
y viva Doña Manuela
viva la Federación.
Salta la infeliz madre
salta la infeliz
que se la lleva el gato
y el gato rabón.
El que sea de pa juera
que me preste su atención
aquí están los federales...
¡Viva la Federación!
Los salvajes asquerosos
andan malevos por ahí
si el federal los agarra
les ha'e tocar el violín.
Salta la perdiz madre
salta la infeliz
etc.
Hagan la última postura
que ya acaba la canción
viva don Juan Manuel de Rosas
¡Viva la Federación! |
HUEYA
Muera el salvaje Lavalle
y el Guarda Chanchos
que ni pa pasto
sirven de los caranchos.
A la hueya, hueya
hueya sin cesar
ábrase la tierra
güélvase a cerrar.
Viva el gaucho surero
que es como cuadro
cuando le aprieta las paibas
al unitario.
A la hueya, hueya
dense las manos
como se dan la pluma
los escribanos.
Todos los unitarios
Jieden a potro
como jieden los indios
jediondos netos.
A la hueya, hueya
dense los dedos
como se dan los cinco
los carpinteros.
Que viva la santa causa
y don Juan Manuel
que viva su ilustre hija
y la escrebida ley.
A la hueya, hueya
cómo ha de ser
siempre padece el hombre
por la mujer. |
DÉCIMAS
Bien haiga la salvajada
puende quiera que hizo pie
ya quiso mostrar la fe
que traiba en su caballada,
largaba la disparada
como si juera animal
que dispara del corral
juyendo las boleadoras
que son medías trabadoras
cuando agarran un bagual.
El mesmo Lavalle un día
cuando dentro a Santa Fe
quiso ocultar el porqué
del federal él juyía,
la verdá jue alma mía
que el salvaje disparó
y con el susto llevó
la tranquera por delante
dejando a toda su gente
en poder del que ganó.
De ahí pasó pa'l interior
gambeteando como gama
y ganando siempre fama
como gaucho peleador,
como si juera un primor
en la lata o el facón
porque tenía un cañón
un jusil y un no sé que...
daré la razón por que
¡Viva la Federación!
Y viva don Juan Manuel
que viva el restaurador
y viva todo color
que sostenga su poder,
porque en su cencía a mi ver
es hombre de gran primor
que sabe hacer el amor
al qués salvaje unitario
mandándolo pal osario
como osamenta 'e mi flor. |
|